Lo que dejó el eclipse

Hay momentos que llevas mucho tiempo esperando y que, aun así, cuando llegan, no se parecen a nada de lo que habías imaginado.

El eclipse del 12 de agosto era uno de ellos.

Llevábamos mucho tiempo hablando de verlo en familia. Nos gustan las estrellas, mirar el cielo, entender —o intentar entender— todo lo que pasa ahí arriba. Así que fuimos hasta el sur de Catalunya, cerca del Ebro, buscando el lugar desde el que presenciar algo que, de alguna manera, sentíamos casi como un milagro.

Durante un buen rato, la luna fue comiéndose el sol poco a poco. Lo miraba a ratos, siempre con las gafas, siguiendo ese proceso lento, esa transición. Hasta que algo empezó a cambiar también aquí abajo.

La luz se fue atenuando. Empezó a hacer más fresco. Todo tenía un tono extraño. Natural, pero extraño.

Y entonces llegó ese momento.

Miré con las gafas y ya no vi nada.

Me las quité.

Y allí estaba.

Recuerdo el eclipse delante de mí y recuerdo, sobre todo, lo que sentí al verlo. La piel de gallina. La impresión. La sensación de estar viendo algo que mi cabeza no terminaba de comprender.

Durante unos instantes fue casi como estar en el espacio. Como tomar conciencia, de golpe, de la inmensidad que tenemos delante y de la que formamos parte.

Me sobreimpresionó.

Y había algo profundamente bonito en esa sensación. En contemplar algo tan inmenso, tan perfecto y tan ajeno a todo lo que estaba pasando dentro de mi cabeza.

Durante un minuto, solo existía el cielo. Todo lo demás podía esperar.

Porque pasamos mucho tiempo dentro de nuestra cabeza. Llenándola de historias, problemas, preocupaciones, conversaciones, cosas que han pasado y cosas que todavía ni siquiera han pasado. Les damos vueltas. Les damos energía. Les hacemos sitio. A veces muchísimo más del que merecen.

Y de repente la luna se pone delante del sol.

El cielo cambia de luz. Baja la temperatura. El cuerpo se estremece.

Y no hay nada más que hacer.

Solo mirar.

Quizá por eso me removió tanto. Porque contemplar algo de esa magnitud hizo que muchas otras cosas recuperaran su verdadera dimensión. Problemas que parecían enormes, pensamientos que ocupaban demasiado espacio, historias a las que quizá estaba entregando más energía de la que merecían.

Y hoy, al día siguiente, sigo sintiendo de alguna manera ese eclipse en el cuerpo. Estoy agotada, con menos energía hacia fuera y con la sensación de que hay mucho movimiento hacia dentro. Hay quien habla de los eclipses como aceleradores de procesos, como si algo se removiera y necesitara tiempo para recolocarse. No sé cuánto hay de energía, cuánto de emoción o cuánto de haber presenciado algo que simplemente me impresionó muchísimo. Pero quizá tampoco necesito saberlo.

A veces algo sucede fuera y continúa moviéndose por dentro.

No sé si los eclipses vienen a enseñarnos nada. Probablemente somos nosotros quienes necesitamos encontrar significado en las cosas que nos impresionan.

Pero sí sé que aquel me recordó algo: que no todo merece ocupar tanto espacio. Que a veces necesitamos recordar la inmensidad que nos rodea para devolver las cosas a su lugar.

Y que, de vez en cuando, la naturaleza hace algo tan increíble que resulta difícil no volver a creer un poco en los milagros.

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